Confesiones de un Conferencista

Por Daniel Granatta (@danigranatta)

Introducción

El año pasado impartí tantas conferencias que en algún punto empecé a hacer notar en mis redes sociales que parecía ser un artista popular, tocando en cuanto escenario (grande o pequeño, cerca o lejos) estuviera disponible. O una versión low-budget, claro.

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Un día, Moshi me escribió para preguntarme si alguno de sus productos me ayudaría a que mi vida de conferencia-allá-donde-me-llamen fuera más fácil. Dije que sí, ellos me los enviaron, y yo estoy escribiendo este texto (y tomando fotos por el camino) para contarles a ustedes, lectores, el porqué.

Dar Conferencias

De las muchas cosas que hago, una de las que más disfruto es la de poder impartir conferencias, el compartir en un escenario aquellos temas acerca de los que sé o en los que creo, esperando que a alguien más le puedan servir. Y a casi veinte años de la primera vez que me subí a una tarima con este propósito hay una pregunta recurrente que suelo escuchar, generalmente para romper el hielo cada vez que visito una nueva ciudad o foro:
“¿Te pones nervioso cuando sales a dar una charla?”
Por supuesto que no. Esperen... por supuesto que sí.


Porque salir al escenario ya no impone tanto, uno se acostumbra. Pero siempre existe ese pequeño “runrún” en tu cabeza: ¿les gustará? ¿se reirán si hago una broma? ¿entenderán lo que quise decir en aquel slide? ¿tengo muchos slides? ¿y si dejo para siempre de usar slides?

Comienza la charla y, pasados un par de minutos, uno puede identificar perfectamente qué clase de público tiene delante, qué recursos funcionan y cuáles no, y de ahí en adelante ya no hay más preguntas, sólo una carrera vertiginosa hacia adelante que termina en un slide encabezado por la palabra RECAP.

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Mis charlas no son sencillas ni lineales. Así que cerrar con un slide como el referido en el párrafo anterior ofrece un respiro, un poco de calma a los asistentes que quizá, unos minutos antes, se hayan podido sentir indefensos ante la avalancha de historias, anécdotas e información que me parecieron adecuadas recopilar para ese foro.

El mundo ha cambiado mucho en 20 años, pero mi proceso de preparar e impartir una conferencia… no tanto. Cada conferencia la tengo lista en cuadernos y mi cabeza con semanas de antelación, la presentación termino preparándola el día (o la noche) antes, el viaje me sirve para tomar notas y ensayar, y por último intento, por todos los medios, minimizar los posibles problemas técnicos que puedan suceder que me impidan impartir la charla en las condiciones en las que más cómodo me encuentro.

La preparación del contenido

Tomo notas todo el rato. En cuadernos, en servilletas, notas en mi teléfono o correos autoenviados para recordarme escribir sobre eso que acabo de ver, siempre con el propósito de escribir nuevos posts para mi blog, que se convierten luego en puntos acerca de los que quiero charlar cuando doy una conferencia. La preparación se convierte entonces en una recopilación de esos temas que necesitaré interconectar entre sí mediante una historia (que es el elemento rector de toda conferencia).

Durante mucho tiempo utilicé algún editor de texto en mi laptop, en el que iba anotando en renglones separados cada tema o subtema a tratar, para luego reordenarlos e intentar crear un hilo conductor, pero descubrí que haciéndolo así era imposible tener una idea de la duración de la charla: cortar y pegar en un documento de texto nunca parece demasiado trabajoso.

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Así que opté por realizar este trabajo de forma manual. Anotar en pedazos de papel o post-its los temas, colocarlos en una mesa y contemplarlos para reconocer cómo agruparlos: qué va con qué, qué sobra y, sobre todo, darme cuenta (por el número de papelitos y por el trabajo que lleva mover varios para recolocar uno de ellos) del tiempo aproximado que la charla puede llegar a durar. Así que, aunque continuamente se me ocurren temas que agregar, definir el contenido de la charla es antes que nada una labor de síntesis: qué puedo quitar para que la historia siga teniendo sentido y quepa en el espacio de tiempo asignado.

Cuando estoy haciendo esta labor suelo pensar que si estornudo o acaso una corriente de aire entre por la ventana (hay veranos muy calurosos) todo se puede ir al garete. Afortunadamente no he registrado aún ningún tipo de desastre de ese tipo.

Armar la presentación

Después de lo anterior, preparar los slides de la presentación es la parte más fácil. Porque o bien, ya tengo diseñados slides sobre temas concretos o agrego rápidamente otros nuevos con el mismo look and feel de los que ya tenía.

Descubrí, adicionalmente, que escribir notas en cada slide ayuda a comprender mejor la dinámica de la charla y si tiene ritmo o no. No tanto para leerlo mientras estás en el escenario, sino para memorizar una de las partes más importantes de la narración: las conexiones entre temas o slides de la presentación.

Si tienes claro esto último, entonces no hay ningún problema en que, quizá llevado por la emoción, divagues aquí o allá, agregando algún ejemplo sobre la marcha o tardando más de lo que tenías previsto en algún momento concreto. Si no lo tienes claro, cualquier cosa que hagas que no sea ceñirse al guión estipulado es garantía de que vas a terminar con la mente en blanco sin saber de qué estabas hablando. Resumido: improvisa si conoces tu charla del derecho y del revés, y si no… no lo hagas.

El viaje

A veces viajas en autobús y otras, muchas, en avión. Como suelo decir, sumando millas y perdiendo el zen. Y no sé si se han fijado, pero el crecimiento exponencial de la tecnología, algo que pueden ver reflejado en que un vídeo “viral” en YouTube tiene hoy diez veces más views que las que tendría hace 3 años y cien veces más que las que tendría hace 10, también se manifiesta en algo tan obvio que parece mentira que tantas infraestructuras lo hayan pasado por alto: no hay enchufes suficientes para cargar la batería de todos los dispositivos electrónicos que llevamos con nosotros a diario, teléfonos, tabletas, laptops…

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Piensen en las cafeterías que visitan, las salas de espera, los aeropuertos… tienen WiFi, sí, pero enchufes… sólo unos pocos, por los que hay que pelear cual escena de “Hunger Games”. Recuerdo cierta ocasión hace unos años en el aeropuerto de Dallas, en la que otra persona y yo esperábamos ansiosamente (miradas de reojo incluidas) el momento en que la persona que estaba cargando su laptop en un enchufe se desconectara y dejara libre la toma de corriente, momento en que los dos caminamos con (mucha) prisa (muy) contenida para llegar antes que el otro. Una situación muy ridícula, que, si lo piensan, continúa una vez te subes al autobús o avión que te lleva a tu destino: no todos tienen toma de USB para poder recargar tu teléfono, que es lo que yo uso para tomar notas o ensayar la presentación que voy a dar, así que por lo general siempre terminaba conectando mi teléfono a mi laptop para poder cargarlo.

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Hasta que empecé a llevar en mi mochila una batería externa que me dura 4 cargas de mi teléfono. Ya no tengo que preocuparme por llevar un cable USB para mi teléfono, uf.

Los problemas técnicos

Para dar una charla siempre solicito poder disponer de mi laptop en el escenario para pasar mis slides. No me gusta usar laptops ajenas ni usar la que contiene todas las presentaciones del resto de ponentes (porque a veces ni siquiera tienen la tipografía que necesito), ni tener que hacerle señas a alguien sentado en una mesa para que pase los slides de mi presentación (si es que los cables no son de la longitud necesaria para tener mi laptop cerca). Soy muy tajante en esto y muchas veces he recibido miradas o comentarios de “¿Y este divo, quién se cree?” Pero no tiene nada que ver con divez, es una pura y dura cuestión de eficiencia.

El problema de los problemas técnicos no es que tengas que usar otra laptop o tener que pasar los slides manualmente, no. El problema es que una conferencia es una sesión en la que el ponente tiene bajo control el escenario, su logística, los contenidos que va a compartir y el tiempo que ello le tomará, y cuando aparecen los problemas técnicos, la ecuación se invierte, y es alguno (o varios) de estos cuatro factores los que dominan al ponente. Y a mí no me gusta sentirme así.

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Antes de una conferencia suelen pedirte que te presentes antes (a veces dos horas, a veces treinta minutos) y así poder probar que tu equipo y tu presentación funcionan correctamente… y es entonces cuando comprendes que el evento más complicado de organizar es aquel en el que no pasa nada porque todo funciona a la perfección.

Tengo historias de terror de todos los colores en este apartado, desde una en Barcelona en la que mi laptop y el cañón proyector decidieron no entenderse (y por lo que tuvimos que transferir toda la información de mi charla a otra laptop que, inesperadamente, comenzó a mostrar pantallas azules de (t)error cada diez minutos) hasta otras menos graves, pero igualmente confusas: un clicker (ese control remoto que usas para pasar slides) que, al pulsar uno de sus botones, avanzaba dos slides de la charla para luego retroceder uno. What!? Sí, eso. Imaginen la cara del público pasados diez minutos. Y la mía.

Pero el mayor problema no proviene del mal funcionamiento de mi laptop o de la logística azarosa de un cañón o un clicker, sino de cómo la tecnología de algo aparentemente tan simple como conectarlos cambia cada vez que la marca de laptop que uso cambia los conectores de salida para proyectar la imagen: VGA, Thunderbolt, HDMI, USB-C, … honestamente, he perdido la cuenta. Tanto, que comencé a avisar con semanas de antelación sobre el modelo de laptop que utilizo para que, llegado el día, el adaptador correspondiente estuviese listo. Y como fueron varias las ocasiones en que no lo estaba, aun con el previo aviso, decidí hacerme de un par de ellos que me permitieran estar cubierto, sea cual sea la tecnología del cañón proyector con el que me toque trabajar ese día.

La charla

Después de todo lo que les he contado, podrían pensar que ya está todo resuelto. Pero falta lo más importante: la energía.

Una de las cosas que más admiro de la profesión actoral (aparte del camuflajearse de muy diversos personajes y emociones) es la capacidad de conjurar la energía necesaria para aparecer a cuadro de forma creíble cada vez que alguien grita “¡Acción!”. Porque no hay nada peor que una charla donde el ponente es un experto en su materia, pero habla como si estuviera muerto por dentro.

Yo, por el contrario, me enciendo, y hablo, hablo y hablo. No porque divague, sino porque honestamente lo disfruto. Pero a veces lo disfruto tanto que me paso de la hora, y entonces puedo ver como hay gente que corre al lado del escenario haciendo signos de “corta”, “termina”, etc. Algo así como lo que me pasó con este texto, que se suponía tenía que ser de 500 palabras y para el que ya llevo 1800. Qué le voy a hacer, me gusta.

Pero tienen razón, es un buen “cue” para cerrar y yo tengo otra conferencia que preparar, espero verlos pronto.